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Informaciones

Psiquiátricas

2020 - n.º

240

De esta manera, lo que constituye nues-

tra humanidad vulnerable y la vivencia de

nuestra vulnerabilidad nos hace reconocer el

valor de los vulnerables.

Volvemos a lo dicho anteriormente: la vul-

nerabilidad es, por tanto, intrínseca a la na-

turaleza humana: todos somos vulnerables.

Si somos todos vulnerables, nos tenemos

que preguntar si hay personas más vulne-

rables que otras o si hay grupos a los que

identificamos como más vulnerables. Supon-

gamos que una característica determinada,

como puede ser la discapacidad, hace que

todas las personas que tengan dicha carac-

terística sean más vulnerables que el resto

de las personas que no la tienen, es decir,

las personas sin discapacidad.

Aún podemos ir un poco más allá y pe-

guntarnos: ¿las personas con discapacidad

intelectual son más vulnerables que las per-

sonas con discapacidad?

Si afirmamos que sí, ¿estamos poniendo

una nueva etiqueta a las personas con dis-

capacidad, por considerarlas más vulnera-

bles que las demás? ¿Y a las personas con

discapacidad intelectual? Diríamos que les

pondríamos una doble etiqueta.

De admitir este supuesto, estamos esta-

bleciendo escalas de vulnerabilidad. Ten-

dríamos que ver a qué tipos de discapacidad

situamos en cada escalón o grado, y dónde

colocaríamos la discapacidad intelectual,

tal como se ha hecho con la dependencia,

por ejemplo.

Es sólo un ejemplo, pero ahí podríamos

empezar a hablar, en el mismo sentido, de

pobres, analfabetos, más o menos cultos, en

función de la educación recibida, y así un

largo etcétera.

De entrada, si admitimos estos supuestos,

nos encontramos en un callejón sin salida.

Con todo, cuando hablamos de discapa-

cidad intelectual y vulnerabilidad, estas se

nos aparecen como un binomio inseparable

y lógico. Reconocemos en la discapacidad

intelectual un plus de vulnerabilidad respec-

to a la que tienen otras personas que no

tienen discapacidad intelectual.

Si hemos dicho que la vulnerabilidad es

propia de la condición humana, podemos

considerar que tener una discapacidad inte-

lectual no implica, en sí, un plus de vulnera-

bilidad. Habrá situaciones en que la persona

será más o menos vulnerable, independien-

temente de su discapacidad intelectual.

Me remitiré brevemente a la

Convención

de los Derechos de las Personas con Discapa-

cidad

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. En ella se insiste que cualquier per-

sona con discapacidad es igual a cualquier

otra persona sin discapacidad.

Y aunque sea una comparación, no sé si

poco afortunada o no, la vulnerabilidad no

es propia, como hemos dicho, de la discapa-

cidad ni de la discapacidad intelectual, por

sí misma. Lo es del ser humano racional, por

el hecho de serlo y por tener consciencia de

su propia finitud.

La

Convención

reitera que para que la per-

sona pueda tomar decisiones necesita los

apoyos y las salvaguardas necesarias para

garantizar que se respete su voluntad y sus

preferencias. Quisiera entender que estas

salvaguardas también deben ayudar a “for-

talecer” a la persona frente a su vulnerabili-

dad y prevenirla de posibles riesgos.

Hecho este paréntesis, y volviendo a la

reflexión que veníamos haciendo, si la vul-

nerabilidad no es una condición de las per-

sonas con discapacidad intelectual, nos te-

nemos que preguntar cómo abordarla.

La vulnerabilidad de una persona se puede

deber a diversas circunstancias: ser mayor,

estar enfermo, ser mujer, tener una disca-

pacidad, tener una discapacidad intelectual,

ser menor. También influye el entorno: vivir

en una institución, en un país extranjero,

Josep Tresserras Basela